¿Quién soy?
Qué difícil definirme
Si tuviera que empezar por algún sitio, diría que siempre he sido una gran observadora. Observar fue, durante muchos años, mi forma de estar en el mundo. Aprendí a observar porque callaba mucho. Observar era mi manera de mantenerme a salvo. De refugiarme. Callaba porque no siempre sentía que tenía espacio para nombrar lo que me pasaba por dentro. Y así, sin darme cuenta, afiné una mirada hacia afuera muy sensible a lo sutil: a lo que se dice y a lo que no, a los matices, a los gestos, a lo invisible.
Con el tiempo, ese silencio interno dejó de sostenerme.
Tuve que aprender algo nuevo: darle voz a lo que me movía por dentro. Porque lo que se calla no desaparece, se acumula. Y, tarde o temprano, acaba saliendo.
El silencio parecía protegerme, pero también me hacía daño. Comprendí que cuando no expresamos lo que sentimos, el cuerpo termina hablando de la forma más incómoda para hacerse paso: ansiedad, cansancio, irritabilidad, tristeza y muchos otros síntomas más que ni entendemos.
Por ello, aprender a escucharme y a nombrar mis emociones y pensamientos no fue un gesto amable hacía mí, fue un acto de supervivencia.
Necesitaba reconocer mis necesidades antes de que dolieran tanto.
Necesitaba habitar mi experiencia con más verdad. Necesitaba ser yo.
Ahora, lo que una vez fue supervivencia se ha convertido en brújula. Intento darle espacio en mi día a día y es así como me muevo con más coherencia por el mundo. Aunque también soy caótica e incoherente, pero no es la parte predominante, creo.
Gran parte de lo que investigo – en mí y en las personas que acompaño – tiene que ver con esto: cómo habitar el mundo sin perdernos y cómo habitarnos sin dejar de estar en el mundo.
Cómo escucharnos sin aislarnos, sin reprimirnos, sin callarnos.
Cómo sostener lo que sentimos sin desconectarnos de lo que ocurre fuera.
Y en ese camino fui descubriendo algo esencial: no nos construimos en soledad, aunque la soledad también sea importante. Somos seres profundamente relacionales. Necesitamos el encuentro, el reflejo y la presencia del otro para desarrollarnos.
Por eso mi práctica se sostiene de estos dos pilares:
La autoindagación honesta, escuchar lo que pasa adentro;
y la mirada relacional, escuchar lo que pasa fuera para construir adentro.
Trabajo así porque yo también me he hecho así:
entre silencios que se rompieron, miradas que me sostuvieron y vínculos que me enseñaron quién era cuando dejé de esconderme.
Más sobre mí
Mi camino profesional
Llegué a la psicología porque me apasiona el ser humano, el cuidado y todo lo que nos mueve como naturaleza viva que somos.
Y también —para qué negarlo— porque necesitaba encontrarme.
Mi recorrido profesional ha estado marcado por experiencias que no solo me han formado, sino que han ido dando forma a una mirada de la psicología coherente con quién soy y con cómo entiendo el acompañamiento.
Uno de los primeros momentos clave fue mi encuentro con Begoña, durante la habilitación del máster en Psicología de la Intervención Social. Junto a ella trabajé en Servicios Sociales, dentro del equipo de Infancia y Adolescencia, donde me adentré en el complejo y apasionante mundo de la terapia familiar sistémica.
Allí aprendí a mirar más allá de lo individual y a comprender a las personas en el contexto de sus relaciones. Descubrí cómo los vínculos —familias, parejas, sistemas— funcionan como organismos vivos que tienden al equilibrio. Equilibrios que no siempre son sanos o amables, pero que se sostienen porque, de algún modo, permiten la supervivencia.
Los síntomas, entendidos como expresiones de malestar, comenzaron a revelarse para mí como señales: lugares donde algo necesita ser mirado, reajustado y cuidado para que la vida pueda volverse un poco más habitable.
Otro momento profundamente transformador fue mi paso por una fundación que acompaña procesos oncológicos desde una mirada integrativa: nutrición, fisioterapia, ejercicio de fuerza y psicología. Allí me encontré, de lleno, con la enfermedad y la muerte desde el acompañamiento psicológico.
Fue, sin duda, una de las experiencias que más me ha marcado. El dolor llegó como un huracán, obligándome a soltar el hacer constante y a comprender el valor de la presencia, la escucha y el no hacer. El cáncer me enseñó la importancia de la compasión —hacia el otro y hacia una misma—, y me invitó a reconocer el sufrimiento como parte inevitable de la experiencia humana. También me mostró algo profundamente bello: la capacidad que tenemos de amar, vincularnos y crecer incluso en medio de circunstancias muy difíciles.
Hoy soy el resultado de todo eso.
De las personas que se han ido cruzando —y se cruzan— en mi camino.
De las historias que he acompañado y de aquellas que me han acompañado a mí.
Entre todo esto, también me considero una persona creativa, inquieta, familiar y muy terrenal. Me encanta la vida de campo, el huerto y los animales. Practico capoeira, yoga y cualquier cosa que mueva el cuerpo.
Esta soy yo. Amante de la vida sencilla, y la compleja.
Bueno… una parte de mí. Lo demás, lo voy descubriendo en el día a día, quizá se crucen nuestros caminos… y pueda descubrir algo de mí a través de ti ¡qué maravilla!
Te espero por aquí.
Formación general
- Máster en Psicología General Sanitaria.
- Máster en Psicología de la Intervención Social.
Colegiada con el número CV18342 en el Colegio Oficial de Psicólogos de la Comunidad Valenciana.
Formación complementaria
- Formada en el enfoque familiar-sistémico, terapia de aceptación y compromiso, y terapia centrada en autocompasión.
- Mindfulness y prácticas de regulación somática.
- Psicooncología.
Si sientes que este espacio puede ser para ti
Si algo de lo que has leído resuena contigo, puedes ponerte en contacto y lo vemos con calma. Estaré encantada de escucharte y valorar juntas cuál puede ser el acompañamiento más adecuado para ti en este momento.
